Los cafés de Mabel y De madres e hijos (2000)

Los cuerpos del café

 
Hay universos distintos al nuestro, algunos se realizan por creadores dentro de un estudio o en el pulso electrónico de un circuito. Se trata a veces de crear lo que la imaginación da cabida, metamorfosear las reglas de la naturaleza y situar al lector o espectador en un sitio donde la piedra sea objeto viviente que no pesa. Ariel Till sabe que no es necesario llegar a esto. Él conoce las calles, las manos que hacen lo cotidiano. Él mira. Observa lo que es común, pero no con el sentido ordinario de mirar las cosas. En Los cafés de Mabel nos lo dice.
 
 El acto de tomar café es una costumbre que circunda al mundo. Pero tomar (fotográficamente) una taza de café, la preparación misma, retener su temperatura y aroma en el vapor, no es hábito de muchos. Ariel se adentra, va más allá de la mesa.
La composición de sus imágenes nos hablan de un trabajo dedicado y pulcro. La diagonal que desciende no es azarosa, nos muestra con fuerza una de las estrategias compositivas más antiguas y ricas en la larga historia de las artes. En esta serie, Los cafés de Mabel, nos conduce libremente por la imagen o bien, nos impacta fuertemente con los rasgos de ella. En otra foto la imagen se divide, el horizonte situado perfectamente nos brinda una sobriedad que figura el nacimiento estático de la taza y nos aleja del ruido que trastoca a la mujer: la fuerza puesta en su mano es un elemento distante que intenta rompe el silencio del café.
 
Es difícil tomar un capuccino solo, y por eso, la imagen casi fantasmal de dos tazas que se avecinan, el equilibrio puesto en el rostro, nos hace detener un poco nuestro movimiento para observar la foto. Se vislumbra a través de esta muestra, imágenes no posadas, muchos días de toma, muchos cafés y seguramente muchas veces el mismo acto de captar. Así la fotografía.
Ariel ha trabajado una serie circular, sitúa su cámara con maestría en cada etapa del proceso de preparación, hasta cuando la taza vacía aparece como el final de un camino que no se ha pisado y por el cual, se piensa o habla mucho.
 
En la otra parte de esta exposición, nos muestra una serie de carácter infinito. Madres e hijos, flor y fruto de la naturaleza, esta dualidad no sólo se presenta en los personajes de cada una de las imágenes, sino que también es la dialéctica de luz y sombra que emplea en algunas de sus tomas.
“El sol no da de beber” es una obra sobre la que no se puede decir mucho, hay que verla, respirarla en todos sus sentidos.
Una playa delimita las siluetas que hablan con un lenguaje que no toca los labios, pero se desborda por las aristas de todo el cuerpo. El oficio de de este arte es estar en el instante preciso, estar en la ausencia que permite la fotografía y en la presencia que deja el fotógrafo en su obra: cuando la madre y el hijo se encuentran, en la intimidad de su diálogo, Ariel oscurece los cuerpos para dar paso al sonido del mar que descubre en su brillo.
 
No se puede dudar de la paternidad de Ariel, es hombre que vive y siente en la piel de otros, y capta de una manera hermosa la comunión de madre e hijo. No inventa el universo, pero nos enseña a observarlo detenidamente. Puede ser un hombre como cualquier otro, pero posee un distintivo: tiene el oficio cerca del alma. Que exista un hombre que ni al tomar café, deje la cámara, es una suerte que alabo y agradezco.
 

Andrea Miranda
Otoño del Dos Mil
CasaAbril, México

Los cafés de Mabel

De madres e hijos