Mi imagen

En aquellos tiempos en que había que comprar un rollo cada vez que querías sacar fotos (hablo de las fotos familiares, yo sigo comprando rollos para hacer mis fotos), si querías tener alguna foto donde aparezcas, tenías que prestarle tu cámara a alguien para que la tome, porque, o bien era la única cámara disponible (a nadie se le ocurría llevar una cámara al cumpleaños de otro), o, en caso que alguien más tuviera (por ejemplo en vacaciones con amigos), era poco probable que luego le pidieras hacer copias de los negativos.

Cuando comenzamos a usar cámaras digitales, podíamos pedir que nos copien las fotos en un cd. Quizás por esta facilidad de intercambio fue que empecé a guardar todas los fotos donde yo apareciera, sin importar quién la hubiera tomado. Esto fue aún más fácil cuando pudimos compartirlas a través de internet, al principio por mail, luego a través de algún sitio donde alguien las subía para poder luego bajarlas.

Pero ahora que todos llevamos cámaras en todo momento, y podemos publicar las fotos inmediatamente en las redes sociales, la cantidad de imágenes donde aparecemos creció exponencialmente.

Por suerte ya no es necesario bajaras, porque entre etiquetas y buscadores, ahora es posible encontrar fotos de uno en las situaciones más insólitas…

 

 

 

Mis fotos no cambian el mundo

El otro día vi la película “Mil veces buenas noches” (“Tusen ganger god natt”, Erik Poppe, 2013), acerca de una reportera gráfica, sus experiencias, sus fotografías y su familia. Fuerte, cruda y dura. Pero más allá del drama que plantea, hay una pregunta que anda por allí dando vueltas, tanto en la película como en mi cabeza: ¿Para qué hacemos fotos? (o lo que sea que hagamos cada uno). Ella hace fotos para cambiar el mundo. Yo no aspiro a tanto, mis fines no son tan altruistas. Tampoco es que yo sea fotoperiodista, porque no lo soy.

Yo hago fotos para expresar mis emociones, contar cosas que no puedo decir con palabras, transmitir algo de lo que llevo dentro. Quizá algunas de mis fotos logren provocar algún sentimiento en quién las observa. Quizá las más afortunadas logren moverte alguna idea que parecía estática, o despertarte alguna emoción escondida. Quizá alguna vez logre hacer una que te vuele la cabeza.

Mis fotos no cambian el mundo. Mis fotos, con suerte, quizá puedan cambiar algo en vos…

 

 

 

Con mis propias manos II

Alguna vez conté que una de las razones para seguir haciendo fotografía química es esa sensación de hacer las fotos con mis propias manos. Pocos saben que este blog también lo escribo en foma, digamos, artesanal.

Hasta hace un tiempo, las letras que aquí publico las escribía primero en un block de hojas. Sí, de mi puño y letra. Las ideas suelen dar vueltas en mi cabeza y ordenarse a medida que mi mano garabatea sobre el papel. Y fluyen mientras la tinta queda allí formando signos, más o menos inteligibles. Cosa que no me pasa cuando me siento frente a un teclado. Parece que para expresarme, con palabras o con imágenes, las ideas deben pasar por mis manos.

Pero claro, la era digital avanza y ya me he modernizado. Ya no escribo en papel. Todo lo que aquí publico lo hago en una tablet. Pero por suerte conseguí una aplicación que me permite todavía escribirlo a mano.

30 años

El primer recuerdo que tengo de mi relación con la fotografía es de cuando tenía alrededor de 5 años, encerrado en la angosta cocina del departamento, bajo una tenue luz roja, viendo a mi viejo remojar una hoja de papel blanco en una cubeta, donde mágicamente aparecía una imagen…

Años más tarde, haciendo limpieza de un armario, encuentro algunas cubetas, pinzas, película vencida y diversos accesorios fotográficos (y químicos que no supe sino hasta muchos años después para qué servían). Con ellos comienzo a experimentar, guiado al principio por mi viejo y participando de algún taller.

Pero, considerando que es en 1984 cuando realizo el Curso Básico de Fotografía en el Foto Club Argentino, podemos decir que este año cumplo 30 años en esta apasionante actividad.

30 años de luces y sombras.

30 años de bromuro y metol.

30 años de películas y cuarto oscuro.

30 años y recién estoy aprendiendo…

 

Polifacético

A lo largo de mi vida he realizado diferentes actividades. Fui jugador federado de voley, maestro de recreación de chicos de 4 a 12 años, mago en fiestas infantiles, filmé un par de cortometrajes con un grupo de cine, practiqué acrobacia, fui docente universitario, actualmente hago running, y, por supuesto, sigo haciendo fotografía. De cada una de ellas fui aprendiendo cosas, tomando elementos que vuelco luego en la vida cotidiana. Trabajo en equipo, confianza en el compañero, comunicación, pedagogía, juegos, etc. En definitiva, todo lo que hice me fue nutriendo hasta ser este que soy hoy, con mis luces y mis sombras. Entonces, si mi fotografía es sincera y de alguna forma transmite lo que soy, debería reflejar también un poco de todo esto. ¿Qué parte de la acrobacia aparece escondida en mis fotos? ¿Cómo influyen el voley o la pedagogía en mi obra? Quizás todas estas cosas hayan ayudado a construir mi forma de mirar. Quizás, no sé. La verdad, no tengo la menor idea…

 

 

Ser fotógrafo

Alguna vez, un profesor me dijo que lo que diferencia a un fotógrafo es tener una foto firmada por un jurado (en aquel momento, los jurados firmaban las fotos premiadas en los concursos). En 1986 obtuve mi primer foto firmada, pero eso no hizo que me creyera fotógrafo.

En 2001 participé en la exposicirón “6 x 6” (6 autores, con 6 ensayos de 6 obras cada uno). El día de la inauguración, mientras el curador decía unas palabras al público, me vi allí parado, rodeado de cinco fotógrafos consagrados. En ese momento pensé “entonces, debo ser fotógrafo yo también”.

Más tarde, en 2006, la Federación Argentina de Fotografía me otorga la distinción Artista FAF. Ya tenía un papel que dice que soy fotógrafo.

Pero recién ahora, que al mirar mi fotografía todavía húmeda digo que para que sea “correcta” debía haber sido iluminada así y asá, pero entonces no sería mi fotografía. Recién ahora me siento fotógrafo.